Llegar el último (Continuación)

(Bueno, ya estamos aquí de nuevo. Siento la tardanza en retomar la crónica. El chucho no tenía prisa por volver a casa)

¿Por donde iba? ¡Ah, si! El corredor de rojo. Bien, pues resulta, que a pesar de toda la técnica y estrategía que nuestro protagonista estaba poniendo al servicio de su derrota, el tipo aún estaba allá lejos. Resultaba incomprensible que pareciendo como parecía que llevaba un buen ritmo fuera incapaz de alcanzar a Pedro, a no ser que también él albergara un plan oculto y estuviera siguiendo un método. ¿Que hacer en estas circunstancias? Todo parecía perdido y para colmo, a este paso, lo más probable era que en la llegada ni siquiera fuera capaz de ocupar una vulgar penúltima posición (medalla de bronce). En ese momento surgió un pequeño  milagro que iba a dar a Pedro la oportunidad de acercarse más al corredor de rojo y, probablemente, a la cola de carrera. Le entraron ganas de miccionar. Si se paraba en esas circunstancias no infringiría ninguna norma. ¡Que bien! El alivio iba a ser por partida doble. Se paro en seco, abandonó el camino para introducirse en un campo y profano con gusto la viña contemplando feliz el chorrillo amarillo, esperando la aparición de su rival. Este resulto ser un duro competidor, pues aún le costo llegar a su posición. Afortunadamente, Pedro tenía la vejiga bastante llena. Cuando por fin apareció el de rojo aún le dejo pasar unos metros. Se incorporó al camino y se colocó detrás del otro, que de nuevo, a pesar de que parecía llevar un ritmo ligero ¡Oye, que los cangrejos avanzaban más que él! Que gran rival. Que gran competidor. De conseguir nuestro muchacho la derrota total, esta iba a ser de las más meritorias.

Ante el trance de no poder despegarse de su contrincante, se le ocurrió que era el momento de usar la psicología, para lo cual había que entablar conversación.

–  Hola ¿Que tal? – Preguntó.

– ¡Uff! bastante jodido – Contestó el otro – ¿Y tu?

– Pues ya ves, aquí arrastrándome. Hoy tampoco tengo un buen día. Creo que a este paso voy a ser el último. Un poco vergonzoso, pero bueno, a ver si puedo acabar.

– No te apenes. Tiene tanto merito  llegar el primero como el último. Este hace todo un esfuerzo por acabar la carrera y merece el mismo reconocimiento que el ganador. Te lo digo yo que me han pasado las dos cosas.

“¡Que cabrón, que cabrón, que cabrón!” (Citando a Camilo José Cela, y con toda la admiración posible hacia su rival) pensó el calagurritano. Resulta que era ya experto en el asunto.

– Joder, pues venía yo pensando que, como primero no voy  a quedar, que se lo tengo prometido al Santo de mi pueblo, por una vez que me hizo un favor, no estaría mal intentar quedar el último, que para el caso, y por lo que dices, puede hacer la  misma función.

El otro se quedo un par de segundos pensando y dijo:

– Si, hombre, si. Total, yo ya he quedado último otras veces.

Toma, toma, toma. La psicología funciona.

Siguieron trotando y charlando un rato juntos, mediante lo cual se enteró que el otro era un aragonés dado a este tipo de carreras campestres. También supo que tras ellos aún quedaban un trío de participantes. Dos chicas acompañadas de otro chico, maños para más señas. Aún no podía cantar victoria. Con lo cabezones que son los maños.

Afortunadamente, como se contagió del ritmo del aragonés, pronto vio, que los últimos se acercaban. Y mejor aún, enfrente se atisbaba el apunto de avituallamiento. Le dijo al aragonés que se iba a tomar un tiempo en beberse un botellín de agua. Que no le iba mucho eso de correr y tragar líquido al mismo tiempo. El aragonés le miró de reojo, se sonrió, cogió su agua y continuó, no sin antes decirle: “Hala, suerte con las mañas y el maño!.

No se dio prisa en desenroscar el tapón. Bebió un sorbito sin prisa ante la mirada de los voluntarios, que le miraban algo extrañados. Pronto llegaron las mañas y el maño seguidos de la bici escoba. En lugar de coger el agua y seguir también se pararon. Al igual que él, también iban a repostar en parado. Habría que disimular y tomárselo con calma. Afortunadamente una voluntaria del avituallamiento les ofreció unos Filipinos. En circunstancias normales ni se habría ocurrido probarlo, además de pensar que a quién se le habría ocurrido la idea de poner esas pastas para los corredores, pero las contraindicaciones del producto le podrían venir bien para lo que el buscaba. Tras una breve charla sobre los pormenores de la carrera, que le permitieron saber que las mañas y el maño, llevaban el ritmo justo para acabar y no sufrir, una de ellas dijo: “Bueno, habrá que seguir”. Así que se pusieron todos en marcha seguidos de la bici escoba para recorrer los últimos 5 kilómetros. Aquello ya parecía hecho. Iba tranquilo, manteniendo una relajada conversación con los del grupo, manteniéndose lo más cerca posible del de la bicicleta para asegurarse siempre de ir el último y vigilando que nadie ocupara esa posición.

Sin darse cuenta el pueblo se presento ante sus ojos y en seguida se vio la linea de llegada, donde apenas había nadie, pues la mayoría había llegado ya hace mucho tiempo. Vio a Conchi, que al verle le empezó a animar. Sin perder la concentración se aproximó a la linea de meta lo más relajadamente posible y levanto os brazos con alegría al comprobar que había logrado su objetivo. Además con una marca desastrosa.

– ¿Que ha sucedido? – Le preguntó Conchi – Crei que te habían pasado algo. Como has tardado tanto.

– Nada, nada. Solo que he pensado que era el momento para hacer algo único. He pensado que sería una hazaña llegar el último.

– ¿Pero tu eres tonto, o qué? ¿No te dije que tenemos el asado en el horno y que teníamos que regresar pronto?

– Vaya.

FIN

(PPL – Calahorra, a 18 de junio de 2018)