Pacio, último en la Wine & Runners 2018. Un hito en su carrera personal.

Llevaba tiempo barruntandolo. Dándole vueltas. Desde hacía un tiempo iba siendo consciente de sus auténticas capacidades y de cuales podrían ser los retos estas le permitirían afrontar. Incluso se había dado cuenta que, inconscientemente,  sus entrenamientos y sus tiempos de descanso y su alimentación de las semanas pasadas fluían en la misma dirección: salía a correr de forma más irregular, no hacía mucho caso de las pulsaciones, se encontraba exhausto todos los día después de lidiar con las fieras (a las cuales, sin saber muy bien porque, quiere y aprecia) en el trabajo. Le había dado por consumir proteínas durante el día y carbohidratos a partir de las 7 de la tarde, especialmente antes de empezar a ver su serie favorita en el Prime Time nocturno, las cuales ya sabemos a que hora acaban. Además le estaba costando volver a encontrar ese ritmo trotón, tipo diesel, que tenía antes de volver a nacer.

El sábado 2 mayo de 2018 su mente vio la luz: carrera gratis en La Aldea en honor al fruto de Baco y los seguidores de Mercurio. Ideal para para alcanzar su Décima particular. Además, seguro que, ahuyentada por la amenaza de lluvia, no había mucha participación. Esto auguraba que la mayoría de los inscritos sería buenos corredores y que habría pocos irresponsables que con una baja preparación se hubieran animado a acudir a la cita, con lo cual la competencia no iba a ser un problema insalvable. Los consejos de un conocido mantra (o manta, según se mire) empezaron a repicar en su cabeza: los últimos serán los primeros. En un plis-plas, justo en el momento que el alcalde dio la salida, y sin que le diese tiempo a avisar a Conchi,  lo tubo decidido: iba a llegar el último.

Lo primero fue no tener prisa en el proceso de poner en marcha la aplicación de correr del reloj, dejando que los demás corredores le fueran cogiendo distancia. Pasados 100 metros de la salida observó a grupo muy numeroso que ya se había esforzado en irse de él. Esto marchaba, a pesar que le costaba ir mas despacio. Pensó que para ser justos con el resultado se tenía que autoimponer unas normas que no podría quebrantar: no correría en ningún momento en sentido contrario a la carrera, no caminaría, no se detendría de no ser por circunstancias fisiológicas o siempre que en los puntos de avituallamiento no le quedara más remedio que hacerlo para poder repostar en condiciones, y no fingiría molestias inexistentes para poder darse unas friegas en parado. Así que trato hecho. Continuemos pues.

Le alegro contemplar que uno de los participantes más peligrosos, que conocía de otras pruebas, ya estaba lejos. Además, habían charlado antes de la salida y le había dicho que, cosa rara en él, estaba siguiendo una buena preparación. Esa iba a ser su perdición. Se le vislumbraba incapaz de correr peor. Por supuesto, miró hacía atrás tratando de ver quienes podrían ser entonces sus rivales. Aunque su vista ya no es la de antes, tampoco le resulto muy difícil atisbar a un trío de sudorosos que se esforzaban en remontar posiciones. No les iba a complicar la vida. Más retasados, vio a una pareja de dos del mismo equipo, intentando ser alcanzados en la distancia, primero por un individuo vestido de rojo y  finalmente por unos puntitos seguidos de una bicicleta. Ahí iba a estar la lucha.

Los primeros kilómetros los empleó en ir consolidando su posición tratando de ir disfrutando del paisaje salpicado de viñas infinitas. El sol le acariciaba la cara mientras una ligera brisa hacia que sus pensamientos volarán hacia momentos entrañables de su niñez, cuando se quedaba dormido al borde de un palleiro, al caer la tarde mientras el sol se ocultaba en la lejana aldea de sus abuelos gallegos. De repente, unas respiraciones entrecortadas y el golpeteo de unas zapas contra el firme de tierra de devolvió a la realidad. La pareja de dos del mismo equipo estaban a punto de pasarle. Bien. Sin embargo se percató de, primero, que una chica que antes iba delante se estaba acercando peligrosamente a su posición; segundo, que el hombre de rojo era ahora un puntito y, tercero, que los puntitos seguidos de la bicicleta  ya no estaban. Mal. Muy mal. Requetemal. Su propósito no era quedar él último de su categoría o de su sexo, si no de todas las categorías y de todos los sexos. La pareja de dos le sobrepasaron, si, pero la chica había conseguido alcanzar una velocidad de crucero inferior a la suya y durante un rato le costo no alcanzarla. Además la situación se podía convertir en algo incómoda debido a algún malentendido. Y él se consideraba un caballero. Tenía que hacer algo.

Se le ocurrió que tenía que echar mano de la técnica y de la estrategia. En cuanto creyó que no se daba cuenta empezó a correr haciendo eses para que la muchacha se volviera a despegar de él. No estaba caminando hacia atrás. Una vez la fémina se giró y tubo que hacer un gesto que pareciese que su giro se correspondía con un bache en el camino. Uff, salvado por los pelos. Poco a poco, a la altura del kilómetro cinco se fue quedando atrás.

Ahora el peligro era el hombre de rojo – ahora puntito – que, al mirar hacia atrás, seguía lejos y no terminaba de acercarse. Más técnica y más estrategia. Esta vez aprovechó los recodos del camino en los que había puntos muertos de visibilidad para comenzar a correr de espaldas. Le dio vergüenza que alguien le pillara haciendo esa tontería pero lo tomo como un riesgo asumible. Además, en algún sitio había leído sobre sus beneficios para salud. No era momento de poner en duda ningún estudio científico. Tras un rato miró hacía atrás, pero el hombre seguía a la misma distancia. Empezó a sospechar. Eso no era normal. Seguro que le estaba copiando la técnica y la estrategia, pensó.

(Continuará más tarde. me apremian para sacar al chucho)